martes, 3 de junio de 2008

dedans le véritable aleph



Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.

Viaje a Entemphul

1

Trataré de contar todo como sucedió, aunque sé que mi manía por las digresiones, mi poca fe en el tiempo y mi falta de método según estricto orden cronológico, lo harán prácticamente imposible.

Lo primero que pasó fue que llegó Estela, después de haber recibido a los invitados, y me dijo que si estaba listo.

-No, ¿para qué?
-Claramente le dije a Jacques que te avisara, ¿no te lo dijo?
- No tengo idea de lo que me hablas.

Pero claro que sabía de lo que hablaba. Estela quería que repitiera el numerito en privado, frente a sus amigos. Que ilustrara cada diminuto detalle acerca de cómo se conectaban los sensores a los glóbulos y de qué posiciones facilitaban el intercambio neuronal con la máquina.

-Pero si cualquier otro adulador lo hará gustoso, el señorito Computólogo, por ejemplo...quiensea menos yo, porque no puedo, no sé nada de eso, además debo irme temprano...
-Estela quiere que lo hagas tú.

Y eso fue todo lo que salió de la boca de Jacques. Jacques: hermoso farsante y psicólogo francés, avecindado en México diez años atrás, pero que todavía hace gárgaras con las erres y encierra las ues por pura nostalgia de su belle Paris. Quise insultarlo pero para entonces ya estaba muy ebrio y creo que fue justo después de eso que vino Estela a preguntar si estaba listo.

-No juegues conmigo, Carlos, Jacques me dijo que te había avisado y yo necesito que vayas allá y les expliques. Haz un esfuerzo, sé un poco cortés, niñito malcriado, si no, olvídate de todo esto.

Perfecta ambigüedad de las palabras; porque cuando dice “esto” sacude su mano que cruza desde su hombro desnudo hasta rozar su vientre con un gesto enfático. Esto: el dinero, la comida, la puerta al mundo glamoroso de los ricos, esto que me regala; Pero también esto-esto, porque ella piensa que para mí, su cuerpo es un lujo, que realmente disfruto pagar su mecenazgo supliendo la blandura de su marido con mi carne veinte años más joven que la suya.

-Estela, por dios, déjame en paz aunque sea esta noche.

A Estela se le suben de inmediato los colores. O se le bajan, según se vea, desde la punta tirante del vestido rojo de seda, o más arriba, desde los granitos carmesí y las venas rojizas endurecidas por el botox, más arriba aún, desde una cana enraizada en el cuero, teñida de costoso rojo cosmético conforme sale a la superficie.

Mejor no hacerla enrojecer. Además prefiero ser bueno ahora, que tener que pagar después con esos favorcitos privados que escandalizarían a cualquiera, hasta a mí, sádico y perverso ateo que se persigna ante las costumbres del sexo en el clan de los Pourreux, de doña Estela y su maridito don Manfred Pourreux.

-¿Los interrumpo? Bonsoir, Carlos...¿Cuidando a mi Estela como siempre?..Te voy a robar a mi mujer unos segundos, después puedes seguir cuidándola.

El viejo Manfred. Todo el tiempo me habla como si no supiera, como si no supiera que yo supiera que él sabe y esa continuidad desinencial de la conjugación infinita: él sabe, yo lo sé, pero pretende que no sabe para que todos parezcan saber que él no supo ni sospechó jamás. Y toda esa conjura absurda, porque de alguna forma cree que así su dignidad de cornudo no mengua. Me habla como jugando al medioevo, al cavaliere servente que tiene tácito permiso para cortejar libremente a la señora de la casa, para satisfacerla. Me habla como si en realidad él se llamara di Vecchio y mi nombre no fuera Carlos sino James y me recibiera en su casa diciendo que piacere, que molto piacere. Me mira como si aprobara, como si para él fuera un descanso de sus obligaciones maritales, como si disfrutara que yo, un niño de esperma joven, cortejara a su mujer que necesita un mozuelo que la pasee, que la llene, que la alimente.

2

El salón está abarrotado. ¿De dónde ha salido toda esta gente? Frank el psicólogo habló, en primer lugar, de las condiciones neurológicas que permiten que dos o más individuos, conectados por impulsos eléctricos compartidos, palpen y paladeen las mismas cosas simultáneamente.

El Computólogo explicó después, cómo funciona la interfaz, cómo está construido el monitor de despliegue estereoscópico, y cómo se deben colocar las lentes LCD y el traje de latex. En un arranque heroico, el señorito Computador, comenzó esa vieja misa sobre la ciencia, (que él confunde con la vulgar tecnología); dice que somos afortunados de vivir en estos tiempos, que no hay nada imposible ni inimaginable, que se puede viajar al fin del mundo sin necesidad de mover un pié, que se pueden probar los platillos más exquisitos sin tener que masticar un ápice, que se puede escribir un libro sin tener que mover un dedo. Hasta un mono podría hacerlo.

Brutal. El discurso brutal del viejo sabio computacional conmueve a todos de una manera sincera. Yo mismo me digo que es inútil tratar de igualar esa destreza histriónica y retórica. Él y no yo, él es el verdadero escritor, poseedor de imágenes perfectas, extasiadas. Termina diciendo que es gracias al traje virtual que la ciencia permite superar las barreras espacio-temporales y vivir un instante-minuto-siglo en el Tibet, en la bahía de Hudson, o en la punta de la torre Eiffel.

Esa es, por cierto, la intención del negocio. El cliente llega, solicita un escenario exótico, una fecha en el calendario (el computador de realidad virutal es capaz de reproducir el clima y pormenores exactos de cualquier fecha dada) y nombra un acompañante. Luego vienen detalles concretos, como la tersura del vestido, la intensidad de la luz solar, el sabor amargo del licor y la consistencia de la carne escogida para el almuerzo.

¿Qué hace un escritor en un negocio como éste? Yo, ya lo he dicho, estoy aquí por Estela, nada más. Gracias a Estela cobro un cheque en la nómina ficticia de la empresa. Pero mi tarea en la práctica es simple. La gente rica en este país tropical es ignorante. Su vulgaridad es inversamente proporcional al lujo de sus carros, a la obscenidad de sus cuentas bancarias. Así que cuando escogen hay que darles cierta asesoría, cosas básicas. Decirles por ejemplo, que Paris no tiene playas naturales, que Europa no es un país sino un continente.

Cuando primero me contó Manfred sobre el proyecto pensé que estaba loco. La gente con clase preferiría viajar de verdad, conocer de primera mano los museos, las tiendas del mundo.

-La gente con clase, pero aquí sólo hay gente con dinero.

Tenía razón, la clientela del negocio son sobre todo nuevos ricos, que han salido del país una vez y han sufrido tener que comer platillos malentendidos en algún restaurante, o la desesperación de sentirse perdidos por no saber cómo llegar a cualquier parte y que no arriesgarán de nuevo pasar las humillaciones propias de quien se hace entender a señas, como atávico simio.

La idea del viaje virtual además es perfecta porque en una sociedad donde los adultos juegan a tener otra vida en la red, donde los curas pueden disfrazase de putas, o donde el bobo niño nerdo alcanza el status de propietario de la corporación más importante del mundo, el sentido de qué es real y qué no lo es, se borra cada vez más con un gusto casi morboso. En una época así, donde hay quien paga por “sexo virtual” sin intercambio ni contacto real, era lógico que la mente de Manfred pensara en esta agencia de viajes Aleph.

El Computólogo acaba, se hace un silencio y llega mi turno. Sólo debo probarme el traje y demostrar cómo funciona. Estela insiste en que sea yo, porque la realidad virtual tiene dos modalidades: la telepresencia y la inmersión. En la primera quien lleva el traje es puesto en un escenario dado, Copenague, 16 de Diciembre de 1996, por ejemplo, y de inmediato empieza a tener frío, a pisar el suelo nevado de las calles, a exhalar vaho por la boca. Pero todas estas sensaciones son inducidas en un proceso que va de afuera hacia adentro: externo, ajeno, alieno y, otro sinónimo más claro: extraño.

En cambio, está otra modalidad mucho más rica: la inmersión. Aquí, es el propio cerebro el que le dice al traje qué debe sentir. El cerebro y el usuario pueden saltar de un mediodía insoportablemente caluroso en Rub-al-jalí, a una tarde fresca en la Patagonia. El problema es que sólo el cerebro que ha acumulado cierta riqueza en sensaciones, cierta erudición de los sentidos, por así decirlo, es capaz de utilizar esta versión de la máquina al máximo.

Según el Computólogo, usando esta modalidad es imposible estar en lugares en los que no se ha estado antes. Así fue como creyeron que yo había estado en Entemphul y en Galapagos, pero no es así. Mi mente, lo digo con soberbia y sin ninguna humildad, ha alcanzado el grado excelso de la imaginación. Soy capaz de crear casi cualquier circunstancia, casi cualquier situación. Así es como impresiono, una vez más, a los asistentes.

Tan pronto como la demostración termina todos quedan maravillados. Me retiro detrás de un pequeño biombo donde intento despegarme del traje. Entonces siento ese pellizco en la nalga, como sólo lo sabe dar Estela. Se disculpa frente a todos, dice que debe supervisar algunos detalles de la fiesta, y yo también me levanto y ella ríe y dice no sé que cosa y los ojos de Manfred sobre mí, cómplices, porque sabe que mis ganas lo libertan, lo aligeran de esa engorrosa tarea que para un hombre de su edad no es deleite sino fastidio.


3

Cuando llegamos al frío gélido del baño para empleados, Estela me insulta y dice que soy un imbécil, que por qué no espere un poco para no hacer nuestra partida juntos evidente, algo tan obvio, y luego dice que me calle que no quiere oírme hablar, y se ríe, y dice que en fin, que qué va, que de todos modos todo el mundo ya lo sabe, que es la envidia de Miriam grande y Miriam chica, de Betty y de Geneviève.

-Mira que tirarte a un niñito de esos, no está nada mal, ardiente, con clase..!clase, tú! si te conocieran bestia, mugre y mierda como eres...

A Estela la excita el dirty talk. Manfred y ella no tienen hijos, ella estuvo casada antes, como seguramente después, pero nunca los tendrá porque es estéril. Por eso me trata como a un hijo en la cama que necesita ser disciplinado y hay golpes y sangre.

¿Es posible violar a un hombre? Antes pensaba que no, que forzosamente había consentimiento, el miembro duro, penetrando, consciente. Pero ahora, aquí frente a Estela, como cada vez, como cada noche, yo me imagino en algún otro lugar, y pienso que si así habría sido con ella, luchando, torpe forcejeo, patadas, risas, hasta que la lucha se confunde con ganas, con sudor, con el cabello erizado, con las pupilas dilatadas, con más ganas, con mi negra piel aprensada a sus huecos blancos, con sus uñas en mi carne, rasguños, devorando.

4

El espejo húmedo de sudor, la ropa despojada, embarrada sobre el piso, los dos bultos respirando y expirando. Estoy cansado y ebrio, somnoliento. Dos puñetazos fuertes y secos sobre la puerta me despiertan. Despego el torso de Estela de mí, que me aprisiona. Busco el apagador pero me golpeo con la esquina de no sé qué mueble. Los puñetazos continúan. Tiento en mi lugar el frío del suelo hasta poder localizar la tela de mis pantalones, pero es inútil. Los golpes aumentan, alguien abre la puerta de par en par. Del cuadro de luz que deja entrar el marco de la puerta espero que se dibuje la gorda sombra de Manfred, listo para vindicar el nombre de los Pourreux. Pero en vez de eso, tres figuras espigadas con armas automáticas, vacían disparos exactos sobre Estela. Yo me quedo de pié esperando. Siento cómo cada ráfaga me penetra también, mientras el tiempo se atasca de arriba hacia abajo, inmóvil, resucitado.

Una mano gorda enciende la luz del apagador. Es Manfred. Hijos de Perra. Yo espero que me remate, que me aplaste el cráneo hasta que escupa sangre. Pero ignora mi cuerpo desnudo, se abalanza hacia las ropas de Estela y saca de su bolso de mano una llave, la guarda, sale.

5

Un mes después paso por las demediadas ruinas. El edificio está cortado, por la mitad, como en esa pintura de Brueghel de la torre de Babel. Sobre el suelo se lee en un letrero: “Aleph, agencia de viajes”. Era hermosa, debo decirlo. La estructura piramidal, terminaba en una punta chata, truncada a propósito. Entre los medios escombros se pasea un ingeniero que reparte órdenes a un par de trabajadores. Me acerco y pregunto por el futuro del inmueble. Un poco reticente, me cuenta. El Fisco había confiscado todas las propiedades de Manfred como ya sabía. Pero ahora otro gran empresario como el propio Monsieur Pourreux, – amigo íntimo de otro gran cartel, también como él, aunque esto es sólo una suposición mía – quiere conservarlo, tal cual, como fetiche, como signo y amonestación. Quizá quiera continuar la idea del restaurante, quizá también tenga planes de una agencia de viajes. Voy a contarle lo de la Agencia de Manfred pero el ingeniero me interrumpe.

–Eso de los viajes..¡ni lo dude! pase derecho y sin escalas, en avión blanco, en avión verde, en pastillitas coloradas o cómo usted quiera, seguro ya conoce el menú.

Su risa burlona me hace ver todo claramente. Nihil novum sub sole. Para viajar al fin del mundo no hay necesidad de franquear las cuatro paredes de una oficina miserable, como Pessoa; ni salir del estanque de unas ranas miedosas como Sócrates; ni siquiera se necesita un estúpido traje de latex, ni un monitor de despliegue estereoscópico, como creía el Computólogo. Basta con poco de opio y un buen libro, como de Quincey. O sin la droga y con sólo el vademécum como J. L. B. que no necesitaba de opio, ni de traje, pero que, con todo, siempre se perdió de Estela, bellísima Estela.

domingo, 1 de junio de 2008

Un aleph

Un aleph soy yo.

Lo cual resulta incómodo para quienes creen en cierto tipo de culebras mordiéndose la cola, Bergson, grietas, dios, o cosas así por el estilo.

Justo ayer lo comprobaba (nuevamente). Paseaba por el jardín central cuando al dar un paso hacia al frente, así como se hace al caminar, me sucedió la conciencia aglomerada del paso no dado aún, el que iba dándose y el precedente.

Debido a ese tipo de sucesos me imagino como una grieta: única posible para la intersección --si se puede hablar así con tanta ligereza y falta de perspectiva-- de nuestros inventos cronoterrestresolares tan prometedores; y todo lo demás. Por así decirlo, como un hoyo negro contenido en un saco de huesos que a su vez, cumple la tarea de un prisma en el cual se difractan los tiempos.

Y a decir verdad, no se les puede controlar. Son como mariposas, imposibles de manipular o manosear sin suponer un "detenimiento". Por ello sólo se les analiza muertas, o suspendidos, según sea el caso. Siempre están ahí tendidos, distendiéndose, contendiéndose, confundidos en la majestuosa estructura que nos da la gracia de contener la memoria, el deseo y la experiencia, sea en su presentación individual, sea en su colectiva. Pero siempre nos falta el hábito de vernos viéndonos ver.

El dilema: nos sobra la manía de atribución. Y entonces ahí nos vemos inventando grietas a las cuales prestar el atributo que tanto nos "excede". Así de obtusos somos, lo suficiente como para no aceptar que tal amalgamiento, aparentemente fortuito, se da sólo en la conciencia: lo mismo en el sueño que en la vigilia.

A lo cual podrían decir que un ser humano es incapaz de contener en sí todas las experiencias, todos los tiempos, el devenir en sí mismo consumado y en movimiento. A lo cual objeto que ni aun encontrara un ser humano la grieta dichosa, podría comprender lo ahí visto sino lo hubiese intentado ya consigo mismo.

A lo cual podrían decir que lo individual no es equiparable con La Historia. A lo cual podríamos seguir debatiendo y una aporía tremenda se nos echaría a las espaldas.

Como quiera no creo en la Historia. Es un mero cuento chino para sostener que nada se nos pasa de largo. Pero sí creo en los cuentos, sobre todo en la ficción, únicos topoi donde un aleph se juega a sí mismo los retos debidos.

Antes que otra cosa: la omniprescencia. Lo cual permite, sea inventándose un objeto con tal atributo, sea postulando al narrador como el atributo mismo, jugar con el tiempo hasta desaparecerlo. Luego está el drama (o como se prefiera llamarlo): el cual permite sentar en un sujeto, de manera conciente, su situación de punto en el devenir. Siempre atado al pasado, consumiéndose en el presente, soñando con el futuro. También está la intemporalidad como objetivo estilístico: nada de nombres específicos, lugares, épocas que puedan; mérito que tanto conflictúa a los que antes de leer el hecho se proponen el estudio cultural y defienden al contexto como punto de partida.

Pero bueno, esos son vicios que ahora no nos incumben. Por lo pronto queda claro que para la ficción forjada a partir del reto, la Historia no cuenta, vale la realidad. Todo aleph que tome la potestad de su atributo, habrá de lograr manifestar su cualidad de grieta, de un vivenciador de mariposas que, antes de matarlas, va apreciando los aleteos, intercalando entre ellos lo que fue y lo que será, para él, la mariposa misma, y el mundo que a ambos los contiene.

Pero lo mismo son lugares (y tiempo), los cuentos, digo. Como éste por ejemplo, en el cual se pueden advertir dos cosas. Por una parte, que estoy sujeta a mi tiempo y por otra, que tal tiempo es todos a la vez, acuñados en mí palabra, aglomerados, confundidos e infinitos en mi memoria.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Pagando deudas

Mi ética indica que si espero que lean mi nuevo texto, lo mínimo que les debo son mis comentarios atrasados:

Lorenza, por fin sparagmosée su texto. Pase usted a ver mis sádicas disecciones y contribuciones. Perdone la tardanza pero primero usted, yo y el teléfono. Luego este ímpetu egoísta de la pluma propia. Luego cocinar, el trabajo y esas mundaneidades.

Qué horror, ya me tienen hablando de usted.

(Ves Pablo, no es necesario ser erudito en un tema para jugar –yo cachondeo con el latín de estos letreros queridísimos y admirados-, anímate: cualquier crítica es válida si sabes sostenerla ¿o acaso todos los lectores deberían de estudiar letras? ¡Qué triste mundo sería! )

Espero comentar mañana los de Pablo y pagar mi deuda con Karlik y su primer hijo (los mentados puntos tan prometidos; pero no te puedes quejar, a lo que has subido aquí le he puesto toda mi atención).

*Oigan, mi último post (“Nada que declarar”) corresponde al segundo ejercicio, pero está abierto al sparagmos también, si quieren complacerme con la atención debida al primero (que no entregué…mala niña que soy)

Solicitud de permiso

No lo hemos hablado pero ¿alguien está en contra de invitar lectores?

Quisiera pasarle el link a varios amigos pero creí prudente ver si todos están de acuerdo con ello. Sé que internet es casi sinónimo de compartir pero no está de más tomar en cuenta sus sentimientos puesto que los estimo (y sé que ustedes a mí, jejeje).

Espero su respuesta.

MJ

Nada que declarar.

Las puertas de vidrio se abren. Se cierran. M. sostiene el letrero con ambas manos, lo pega al pecho como si el nombre escrito con plumón indeleble fuera capaz de darle un abrazo. Llegará, no está segura de ello. Sus pupilas se dilatan con cada destello del semáforo de la aduana. Sonríe; la curva parece tan natural en su rostro como la vereda de sus arrugas, ésas que cuentan saludos, despedidas, días enteros de cemento y pensamiento, tazas de historia bebidas con la paciencia constante de un par de manecillas de reloj; el transcurrir de una vida sinuosa escrito en líneas rectas sobre un rostro. La sonrisa, en cambio, es muda, de un silencio detenido, tranquilo. No queda nada por decir. Sus rodillas tiemblan en reclamo del tiempo invertido en estar de pie sobre una terca esperanza. Las tranquiliza: no importa si llega o no. Ahora lo sabe.


En el aeropuerto hay, diariamente, entradas y salidas de todos los tipos: llegadas de buenas ideas, partidas de relaciones; retrasos de pagos registrados en gestos, cancelaciones de sueños programados para salir de la sala seis. Lo aprendido en nuestros tiernos años de primaria fue un engaño: la tierra no se mueve conforme a las manecillas del reloj y sobre su propio eje, no hay tal cosa como la rotación: el mundo transita por pasillos y rostros, pide permisos para recorrer pistas; las nacionalidades, por otro lado, se definen por estados de ánimo, y el movimiento de placas tectónicas es tan inestable como la reasignación de salas para los vuelos. Éste es el único territorio vértice que existe, un no-lugar en el que todo pierde su nombre y goza con la resignificación. Todo el que sale por una de estas puertas, por cualquiera de estos gusanos, jamás volverá. Detrás de las puertas de llegada, todo abrazo de bienvenida es el comienzo de un re-conocimiento (en el mejor de los casos). El aeropuerto es el punto de encuentro de todos los destinos. Los de llegada y los de partida. Los de la espera contínua también.


De pronto el hombro de un hombre, distraído (o no tanto), derrumba su meditación y tira el letrero de sus manos, caen con él los papeles que hay detrás: ensayos y trazos de plumón rojo tapizan el suelo. Las rodillas de él y de M. se doblan a cuatro tiempos, casi chocan, pero logran aterrizar en el suelo, en pistas paralelas. Él levanta los ojos para mirarla, no la encuentra. Ella recoge frenéticamente sus papeles, sus ojos atrapados entre dos cejas pobladísimas de insatisfacciones que aún no han sucedido, cejas concentradas en un ceño fruncido como los vestidos de smog que usaba de pequeña, en esas fiestas en que M. abría su vestido como Marilyn Monroe sobre la rejilla de viento con tal de acaparar una mayor cantidad de dulces, aunque entonces M. no supiera quién era Marilyn Monroe, aunque después ni siquiera se comiera los dulces. Él busca sus ojos, ella lo esquiva girando la cabeza; ahora ella lo mira de reojo pero él ya está tímidamente disperso. En ese juego de miradas alternadas pasan dos minutos de tartamudeos, intentos de reclamo contra intentos de conquista disfrazada de disculpa y curiosidad. ¿De qué son todos estos papeles?¿Qué piensa este imbécil que no mide ni sus pasos? ¿A qué se dedica? Seguro mientras arreglo este desorden se abren las puertas, llega por fin, no me ve y se pasa de largo. Seguro. Él le mira el cabello (ya que el rostro le está negado), lo lleva amarrado en una coleta, perfectamente alaciada; en los oídos, perlas. De pronto coinciden. Ella no quería pero se miran. Rápidamente cambia la sorpresa del encuentro por una demostración severa de cuán molesta está por la torpeza de este…este…macho (olvida que ella es hembra). Él quiere preguntarle su nombre, qué carrera estudia, a quién espera. Ya con los papeles tras uno de sus brazos (olvida poner el letrero al frente), alisa su saco de gamuza y pone cara de dignidad exagerada. Derechísima se dispone a darle su nombre: “M…” Tres campanadas atonales. “Se les informa que el vuelo 242 de Aerorero tiene un retraso de algunos minutos. Para mayor información, favor de presentarse en el mostrador de la aerolínea en la terminal 2. En Aerorero estamos para servirle.” “Si me disculpas, la persona a la que espero viene en ese vuelo. Por suerte no llegó mientras recogíamos este reguero, así que supongo que debo darte las gracias: Gracias.” Y le regala la única sonrisa disponible para esa tarde. Sarcástica, por supuesto. La mujercita gira sobre su propio eje y camina hacia la terminal 2. Él se queda con los ojos vacíos, atorado entre las pestañas un signo de interrogación. En ese instante M. siente contonearse con uno de los vestidos estampados de su infancia, con alas de tela voltea un segundo, sólo con la cabeza, “Mucho gusto.” Ésta vez su sonrisa es genuina.


Contra la columna redondeada reposa una mujer de rostro canela en su mediana edad, siente el brazo cansado de tanto estirarlo y guardarlo, a veces con un poco de cambio que echa al mandil, a veces vacío. Fuera de ese movimiento de palanca mecánica, la mujer es un bulto vestido con telas percudidas por la espera y el polvo acumulado de los que vienen para partir, no como ella que pide ayuda para poder quedarse. M. lleva tres horas sosteniendo el letrero junto de ella. Siente cómo la sangre abandona su brazo derecho hasta dejarlo vacío, dormido, casi muerto. Pensar que había tanto que hacer en la oficina, pero qué importa, ya alguien cubrirá sus labores, como si ella fuera indispensable… mejor salir, dejar todo para esperar, sin importar cuánto tiempo le tome. Jamás había vivido un aeropuerto tan atascado. Cuando viaja suele escoger vuelos a la mitad de la madrugada para poder llegar lo más fachosa posible y dormir un poco en alguna banca tras registrarse en el mostrador de la aerolínea correspondiente. En el fondo siempre soñó con vagabundear. Esos breves lapsos de espera antes del alba le permiten imaginar lo que sería despertar a una vida que no esté trazada con escuadras ni sostenida por chinchetas. Pero hoy sabía que tenia que esperarla a ella, aún en medio del monstruo de la muchedumbre, de su marea confusa. Pareciera que la mitad del mundo decidió llevar su rutina a otro territorio, mientras que la mitad restante goza con la anticipación del regreso y una bienvenida de fuego artificial, de esas que explotan en luces de colores para desvanecerse en un instante. Entre quienes están en la sala de llegadas, muchos sostienen letreros, aunque ninguno con el mismo nombre que el de ella. Aún así teme que ella salga por una de las puertas, no vea su pequeño pedazo de cartulina blanca y pase de largo (sería tan normal, tan ella), por eso estira el pesado letrero sobre de todas las cabezas. Quisiera gritar su nombre pero en cuanto lo intenta se da cuenta de que no lo recuerda. El océano de gente sudorosa la hace oscilar como péndulo de hilo desguanzado, obedeciendo a un compás irregular. Su cadera le sirve de apoyo al muslo del hombre de junto, su codo se entierra en las costillas de una rockera estilo ochentas, de pelo grasoso y bisutería barata en el estampado de la playera. Ve salir de las puertas de cristal a un, dos, cinco, incontables hombres de negocios, diferenciables sólo por el modelo de corbata, si la mancharon durante el vuelo o no, o por el humor que les dejó la sonrisa de azafata combinada con la selección de películas para el vuelo de su elección. Se abren las puertas. Se cierran. A veces son tres simultáneas, a veces es una. Camina a través de una de ellas una muchacha con aretes de perla y pañalera al hombro, empuja una carreola en colores pastel, lleva el pelo en una coleta alaciada y sonríe pacíficamente. De pronto la rockera hace un movimiento conciertezco y acierta en ensartar una de sus enormes arracadas de estrella en el pelo suelto y un poco enmarañado de M. Antes de discutir una estrategia para solucionarlo, ambas se resisten a la idea de estar unidas, aunque sea por un pelo, y forcejean y se lastiman y chillan histéricas en dos timbres diferentes de voz. La mujer recargada contra la columna saca las manos del mandil y se tapa los oídos, es la primera vez en el día que sus ojos expresan algo y es fastidio, como cuando un perro escucha el sonido ultrasónico producido por el aparatito en que un vecino sádico invirtió su quincena. Por fin deciden hacer uso de la herramienta diplomática de las palabras y, amablemente, M. le pide a la rockera que siga sus indicaciones. Ambas rememoran el tiempo en que jugaban doctor nudos y, tras una serie de movimientos casi acrobáticos terminan por echar mierda de la ineficiencia de las aerolíneas en el mismo tono de voz. De la nada un par de manos cubre los ojos de la, ahora amabilísima, rockera. Ésta se libera del misterio para colgársele como orangután a un tipo flaco de lentes circulares y saco de motita, parece estar feliz de verla. M. suspira y estira la mano derecha con el letrero, una vez más. La mujer de la columna ríe: M. no sabe que ésta vez muestra el letrero al revés.


“¿De dónde vienes?” “Disculpa, ¿me puedes decir de dónde vienes?” “¿En qué vuelo venías?” Hasta que, harta de no recibir una respuesta y casi sorprendida de sí misma, pone un grillete sobre del brazo de una mujer cincuentona. “Oiga”, la mujer desorbita los ojos a propósito, con una mezcla de miedo e indignación ante la muchachita desarreglada que le sostiene el brazo; pero los ojos de M. son como dos reflectores de luz negra, dos profundos encuentros desafiantes en un rostro adolescente, la mujer se relaja (M. también, puesto que ya tiene su atención). “Necesito saber de qué vuelo viene porque estoy esperando a alguien y desperté con el presentimiento de que no llegaría en el vuelo que le correspondía, pero, bueno, eso no le incumbe. ¿En qué aerolínea llegó usted, de dónde viene?” La mujer suelta discreta pero violentamente su brazo de la mano de la muchacha, sacude la muñeca y tintinean sus pulseras circulares, rígidas, de catorce quilates. Su respuesta no significa nada para M. Entonces la mujer sigue caminando. Junto a M. un joven con playera del equipo de futbol nacional aclara la garganta. Claramente quiere ser notado. “¿Qué quieres?” “¿Sigues esperándola?” M. asiente en silencio. El letrero cuelga de su mano izquierda, a unos pocos centímetros del suelo. El joven ve cómo M. aprieta los puños. Él pone una mano sobre su hombro y calla. El reloj marca las doce. La mujer de la columna intenta acallar el llanto de su bebé con una teta lechosa en la boca. Canta una canción de cuna en un dialecto de palabras suaves, maternales, de ésas que sólo pueden pronunciarse cuando dos cuerpos laten a un mismo compás. Aprieta un bultito enrebozado contra su pecho, hunde la cabeza entre los hilos de colores y se pierde en una tormenta de besos.
Se acerca un viejo con bigote empolvado y camisa de cuadros, tarda en llegar hasta donde están M. y el muchacho, su paso es lento, su mirada firme. “La vi pasar. Varias veces. El día de hoy, porque ayer pasó sólo una vez.” Presiente una lágrima en el rostro de M., así que guarda silencio y se detiene detrás de ellos, mirando hacia las puertas de vidrio. Las puertas se abren. Se cierran. A veces dos, a veces ninguna de ellas. El semáforo se tiñe de rojo y esa dificultad invita a M. a pensar que por fin ha llegado, que sólo es cuestión de esperar a que vacíe sus maletas, de por sí vacías, sobre el metal helado, las vuelva a cerrar y, por fin, la vea cruzar por una de las puertas traslúcidas. Aunque no sepa qué haría en ese caso. El viejo sonríe con la sabiduría de una vida. Nunca la verá atravesar esas puertas. No mientras tenga un letrero entre manos. Pero él permanece ahí y espera junto con ella.


Son las doce, dice para sí misma mientras apoya una de sus manos en la cintura. Deja que las palabras escapen levemente de sus labios porque sabe lo sexy que puede ser un ligero mohin en la boca, aunque sea simulado. Ese trajeadito de allá no está nada mal; nota un llavero BMW entre sus dedos y “sin darse cuenta” se deja caer lentamente contra la columna, curveando la cadera lo más posible al exterior. Poco le importa el anillo en la mano contraria, como francotirador profesional centra su objetivo entre los círculos de iris y pupila y concentra toda la energía de su pelvis en dos ojos peinados con rímel del más alto calibre. Tirará a matar. Sabe que si su mirada es lo suficientemente fuerte, a él le tomará menos de diez segundos voltear. 10…9… Claro que quiere ayuda, con todas las compras que debe de traer en esas maletas…8…7…en un mundo perfecto como el de él, nadie presentiría siquiera el láser que precede el tiro de una .45, demasiada paz, demasiado…Carajo, me distraje. Démosle otra oportunidad: 10…9…El hombre comienza a avanzar, sigue a la caravana de maletas y bolsas amontonadas en un carrito de metal. De pronto M. siente tremendo empujón desde atrás, una cabeza se le encaja a la mitad de las nalgas, como un tricératops desbocado de pura juventud. Se le enredan los tacones y la cadera ejecuta una pirueta tan espectacular que si algún dueño de circo hubiera estado ahí cerca, la hubiera contratado para un acto especial: ¡La dama saltimbanqui, señoras y señores! ¡Su traje dos tallas menor y los pellejos desbordantes no le impiden dar saltos mortales sobre tacones de once centímetros! ¡Pase, pase, sorpréndase! La hubieran contratado de no ser porque el impulso fue mayor que el equilibrio adquirido con años de práctica en la tortura puntiaguda que algunos llaman zapatos y la mujer, elegancia y todo, fue a dar de bruces contra el piso de mármol helado y sin glamour. “Señorita Esmid, favor de presentarse al área de migración. Please Ms. Smith, present yourself in the migration area.” Los reflejos felinos no le alcanzan para levantarse antes de que unos pubertos a dos metros de ella estallen en risotadas y dedos apuntadores. Pero con la ferocidad de un puma al acecho, sus ojos se abalanzan sobre la pequeña de piel canela que ríe por verla ahí tirada. No le preocupa mucho. Ella logró escapar, no ser la siguiente en perseguir a los demás. “¡Las trais!”, grita emocionada, como si nada hubiera pasado. M., para levantarse, apoya una mano en el suelo, mientras con la otra recoge el letrero que flojamente ha colgado delante de sí misma durante los últimos cuarenta y cinco minutos. En ese preciso instante M. recuerda a su presa potencial y voltea hacia las puertas de cristal, al mismo tiempo que sacude el polvo de su falda negra satinada. Él ya no está. M. azota el tacón contra el suelo en el gesto más espontáneo que ha tenido desde su despertar. Voltea entonces hacia la pequeña risa detrás de ella, vestida de manta bordada con flores y ninguna vergüenza por su salvaje brusquedad. “Escuincla estúpida. Muerta de hambre.” Dice en voz baja. La costumbre hace que esas palabras también escapen levemente entre sus labios, aunque esta vez su gesto parece, más que un mohín, un hocico digno de bozal. El burócrata parado junto de M., algo asustado, se ajusta los lentes empañados un poco más arriba de la nariz y, con ridícula discreción, se aleja un paso de ella. Aún riendo, la niña de rostro color canela corre lejos de la columna redondeada. Entonces M. no sabe sino girar sobre sus talones, en una mezcla de resignación y furia, estira la mano con desgana y pone de nuevo el letrero con plumón indeleble al frente de ella, a la altura de sus ojos.
Las puertas se abren, se cierran. A veces sale una familia, a veces una mujer sola, como esa vieja enjuta de sonrisa complacida, encorvada, sin una sola maleta, vestida con un sweater color arena y los ojos brillosos de una quinceañera. Las puertas se abren, se cierran. La anciana y muchos otros salían, los semaforos cambiaban del verde al rojo, del rojo al verde. Pero nunca ella. Y el maldito letrero deslabándose del calor infernal que tiene a M. manchando su blusa sintética de sudor en las axilas. Sabía que no llegaría. Nunca ha podido confiar en ella. El reloj marca las doce. M. sostiene el letrero por debajo de la altura de sus ojos, lo pone frente al pecho, como criminal posando para la foto. Pasa gente que le parece conocida. M. no saluda a nadie. Sus ojos registran a los presentes en busca de posibles presas. De entre los cristales, sale un hombre sin maletas, M. lo ve cargar algo parecido a una tabla rectangular, casi de la estatura de su cuerpo; parece que le cuesta trabajo maniobrar entre la gente, la carga con sumo cuidado. M. se olvida del letrero un momento, la vista se le pierde entre las puertas traslucidas. El hombre camina hacia ella y deposita su enorme rectángulo en el suelo, lo levanta con cuidado, esta vez lo carga del lado contrario. M. deja escapar un grito agudísimo pero lo asfixia al momento. El rectángulo opaco se ha convertido en un espejo y M. ha visto lo peor en él: su primera arruga, justo en el marco de su mohín estratégico.


Aún con las luces del pasillo encendidas, se siente dentro del aeropuerto la oscuridad del exterior. Quedan pocas siluetas esperando frente al reloj del área de llegadas. Las puertas se abren, se cierran, sólo que ahora con menos frecuencia que durante el día. Una cada diez minutos quizás. M. sostiene el letrero bajo el brazo cubierto de estambre color arena. Mientras se abre una de las puertas ella ahoga un bostezo, sus ojos pesan con la dulzura del sueño anticipado; los pliegues del sueño se confunden con sus arrugas. Podría contar una historia por cada línea de su rostro. Con los ojos cerrados, escucha el paso de unos huaraches de piel que aún huele a animal de rancho. Abre los ojos. Frente a ella, inmóvil, una jóven con falda de manta y rostro canela sonríe con la frescura del medio día. “¿A quién esperas?” M. deja que su rostro se recupere tranquilamente tras el bostezo, mira a la joven, se admira de lo hermosa que es y saca del costado el demacrado letrero. M. se lo muestra y sonrié con dulzura al mismo tiempo que alza los hombros. “No es importante.” Ambas sonríen. En ese momento el reloj marca las doce.


Son las ocho de la mañana, la fila de toda aerolínea es más larga que el camino al destino más cercano. Las máquinas de café resuellan como caballos de aliento húmedo y brioso. El mundo transita sobre la alfombra recién aspirada, cientos de letreros conducen a hombres, mujeres y niños por su camino. Algunos destinos cambian de sala de partida. Al fondo pueden escucharse gigantes metálicos realizando el prodigio de flotar sobre el suelo. Y a pesar de ello nadie se maravilla. Miles de rostros transitan codo a codo, ojo a ojo, talón por talón desgastando el frío mármol del pasillo principal del aeropuerto. Bajo los pies de la muchedumbre, un pedazo de cartulina blanca se pasea entre tenis y mocasines, de vez en cuando un niño lo patea hacia cualquier lado; sobre de él parece estar escrito un nombre, con letras de marcador, pero el polvo y el paso indetenible de los hombres vuelven imposible saber cuál es.

lunes, 26 de mayo de 2008

Será el viernes . . .YA NO

Bueno pues lo que está debajo se anula y resulta que el doctor canceló el viernes. jajaja. Pero bueno, Oswaldu tampoco podía el sábado entonces lo más probable es que haya de esperar. También estoy dispuesto a las propuestas de los demás.

Entrada Original:
Sí, será el viernes. Los doctores siempre podrán cambiarla, claro, pero pues supuestamente así será. Entonces creo que el sábado se me complicará. ¿Qué tal una tarde en la semana? ¿Ya sea ésta o la que viene?

M.J.: No es indiscreción . . . sólo una taquicardia ventricular, nada grave. De faltarle a mi corazón, pues no sé . . . no sé . . . . . . Tal vez somos como Federico, un pulso herido.

Pero en fin, salgo el mismo sábado, pero pues no sé a qué hora y seguro algo traqueteado.

Saludos!

jueves, 22 de mayo de 2008

Pendientes

No me gusta esto del formato del Blog porque se quedan cosas en el tintero:

1. Qué pues, marijó, con lo del cuchillo? Bueno con el filo? Bueno qué pues, todos? Bajo el post... ya que no hay ánimo...

2. Qué pues con la invitación que nos hizo a todos Pablo? Señores no sean descorteses. Bajo el post Vicente mío.

3. Y qué pues con el Tibet? Bueno eso sí la verdad no me interesa mucho.

4. Qué con la fecha límite? Según sé algunos miembros ya tienen planos trazados de secciones áureas para sus fotos sobre el alef y escaletas precisas, con dibujado de carácteres y toda la cosa para su cuento. Yo digo que sí pongamos fecha (aunque nadie la cumpla) porque si no, nos da Enero y que este sea un blog de un, y sólo un ejercicio anual, me suena a Hacienda (maldita formación contable) y pues mejor darle velocidad porque seguro todos tienen ejercicios en mente que ya quieren proponer, yo tengo dos que ya se me cuecen, cocen, queman las habas que por cierto dejé en la estufa....

Tchau.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Van dos breves . . .

Tendida
Pocas las veces que al regresar a mi cama la encuentro tendida.
Dejó una marca a su salida.
La olfateo, me pregunto si el rastro de presencia intuido,
Su ausencia,
Confirmará esta vez su existencia,
Si la proyectará a futuro.
Otras más: su cabello y dorado espiral,
Sobre la sábana y abajo de la almohada -
En la alfombra.
Tiendo hacia ella y me contesta.
Pocas las veces que al regresar a mi cama la encuentro tendida.
La tendió en la mañana.
Reminiscencia de una sonrisa -esta vez sugiere, no cuestiona.
Yo concedo y repito en voz alta:

"Pocas las veces que al regresar a mi cama la encuentro tendida".

Y ella juega y me pide que no la llame de usted.
Me tiendo a mi vez sobre ella.
Pocas las veces que al regresar a mi cama he de des-tenderla.
Olerla tan fresca.
El momento extiende junto con mi pierna,
Se entrelazan por debajo de la colcha.
¡Fortuna esta noche al regresar a mi cama encontrarla extendida!
De ella una estela tras su partida.

Fotografía
Registra su ausencia sobre el mostrador de la aerolínea.
Jamás olvidaré cómo viene vestida:
Pendientes de plata en rombo arabesco
Rizos sujetos al reverso
Playera turquesa con ilustración de ensueño
Pantalones de mezclilla
Y unas chanclas que, a excepción de dos líneas,
descubren sus pies de talón a dedos.

Registra su ausencia sobre el mostrador de la aerolínea.

Sería una bella fotografía
Pero yo no soy quien viaja
Por lo cual no traigo cámara
(Aunque sí otras formas de retratarla . . .
estratagemas para a la distancia evocarla).

Registra su ausencia sobre el mostrador de la aerolínea
(Lo recuerdo días después ya sin ella, en mi oficina).

martes, 20 de mayo de 2008

Creative Commons

Tengo que felicitar al que haya puesto el logo de CreativeCommons. Sospecho que fue Pablo. ¡Enhorabuena! (Aunque sostengo que no nos "protege", al menos definimos cómo queremos posicionarnos)